domingo, 3 de noviembre de 2013

Funes 'El Memorioso'


Jorge Luis Borges (1899–∞)
(Artificios, 1944; Ficciones, 1944)


Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador.

Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora.

Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes.

Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.

Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.

Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.

No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, elThesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.

En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.

Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso.

Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

¿Cuando fue la ultima vez que hiciste algo por primera vez?





¿Aún guardas el recuerdo de esas pequeñísimas milésimas de segundo de esa sensación extraña que se expandía por todo tu organismo en el instante que tu mente expandía sus horizontes y descubría algo nuevo que jamás habías hecho?

¿Recuerdas esa sonrisa que adornaba tu rostro cuando ibas a cometer la más ‘muergana’ de las travesuras, esa con la que anunciabas que serían testigos de una de tus nuevas hazañas?

- Lo pregunto con una SONRISA.

La respuesta rápida sería otra sonrisa, pero no es así; te encuentras tan ocupado con tu ajetreada vida de adolescente, proyecto de adulto o adulto, muchas veces en tu labor diaria que no te deja “tiempo para nada" o los más jóvenes perdiendo tiempo en facebook, twitter u otra red social, olvidándote cada vez más de sonreír.

Te invito a empezar a recordar esa sonrisa que se dibujaba medio instante antes de rayar las paredes blancas recién pintaditas de tu casa o cuando sin razón alguna te empeñabas en gastar los perfumes de tus padres, hermanos, abuelos, que encontrabas en el camino porque te agrado el olor de alguno y querías probar con todos a ver que salía, pero si eras más juguetón y te importaba un carajo todo lo que hacías era eructar o pedorrearte en una reunión familiar y salir corriendo, por si acaso te sigan; si no, se te daba por arruinar la foto familiar haciendo cara de ‘puerquito feliz’, ¡ah! pero si ya te leían cuentos, era básico hacerte el que 'lees' otro cuento que por cierto estaba al revés y aun no sabías leer porque tenías entre 3 y 4 años.

Luego otro tipo de sensaciones, el primer día de la escuela y colegio, de sentirse un completo extraño, la primera holgazaneada, la primera escapada con tus amigos, la primera fuga del colegio, la primera tartamudeada justo con esa persona que te gusta, el primer beso ese tan esperado, cerrando los ojitos, lleno de exquisita emoción, el primer amor, el único probablemente lleno de ingenuos y sinceros sentimientos. La primera vez que te rompen el corazón,¡Ouuuch! la primera vez que te desquitas con alguien lo sucedido, la primera vez que experimentas algo prohibido, la primera resaca y el primer juramento en falso: 
“Jamás vuelvo a tomar en mi reputisima vida”, en fin, antes de ponernos sentimentales dejémoslo ahí.

Cada persona es capaz de crear un mundo de posibilidades, de despertar una inmensa cantidad de emociones y experiencias, has pensado que este lugar donde vivimos sería muy distinto si cada persona se detuviera a observar todo por primera vez, como cuando eras niño, si tan solo miraramos con esa emoción todas las circunstancias de la vida y nos diéramos cuenta que nunca antes hemos estado ahí, que nunca hemos vivido un día como hoy, que no hemos visto ni vamos a ver un atardecer igual, si dejáramos de quejarnos de todo lo que sale mal y nos deleitáramos de la primera y única vez que vamos a vivir este día.

Ahora es importante que la gente me diga de qué lado está y por qué, y si cabe la posibilidad de que puedan ser tanto claros como parciales.

Porque voy a cuentiarles mi proyecto, así que voy a empezar hablándoles de lectura. Les voy a contar que las bibliotecas son importantes.
Voy a sugerir que leer cuentos, literatura escapista u obras de ficción, leer por placer, es una de las cosas más importantes que uno puede hacer. Voy a hacer una apasionada súplica para que las personas comprendan qué son las bibliotecas y que hacer para que se conserven esas cosas.

- Y aquí me tienen escribiendo esta noche, ahora la misión es proporcionar a todo el mundo igualdad de oportunidades en la vida, ayudándoles a convertirse en lectores entusiastas y seguros de sí mismos. Apoyando programas de lectura, bibliotecas e individuos y fomentando de forma clara y apasionada el acto de la lectura. Porque, según nos cuentan, ¡cuando leemos, todo cambia!
Ahora les voy a hablar sobre ese cambio y sobre el acto de la lectura. 
Quiero hablar de lo que hace la lectura. De para qué sirve.

Una vez, mirando en Youtube, una charla de los del Tedtalks en Nueva York sobre la construcción de cárceles privadas, una industria de gran proyección en América. (Digo América porque no solo nosotros los Latinoamericanos, los de países raros en vías de desarrollo; sino los gringos también). El sector carcelario tiene que hacer pre-visiones para su crecimiento futuro: 
¿cuántas celdas van a necesitar? ¿Cuántos prisioneros habrá dentro de 15 años? 
Y vieron que lo podían predecir con mucha facilidad, aplicando un algoritmo bastante sencillito, basado en la pregunta de cuántas personas de 10 y 11 años no sabían o no les gustaba leer. (Y mucho menos leer por placer).

No es una relación fácil. No podemos decir que una sociedad competente en lectura no tiene criminalidad. Pero las correlaciones son muy reales. Al menos en nuestro medio.

Y pienso que algunas de esas correlaciones, las más sencillas, provienen de algo muy sencillo. La gente con buen nivel de competencia lectora lee ficción.

La ficción tiene dos usos. 

  • En primer lugar, es una puerta abierta a la droga de la lectura. La fuerza motora de saber qué pasa a continuación, de querer pasar la página, la necesidad de seguir leyendo, aunque sea difícil, porque alguien está en apuros y tenemos que descubrir cómo va a acabar todo… Y ahí ésa es una fuerza motora muy real. Porque nos obliga a aprender palabras nuevas, pensar pensamientos nuevos y seguir adelante. 

Descubrir que la lectura es placentera en sí misma. 
Una vez que aprendemos eso, estamos en el camino a leerlo todo. 

-Y la lectura es la clave.-

Hace unos años se planteó brevemente la idea de que estamos viviendo en un mundo postlector, donde la capacidad de dar sentido a la palabra escrita es de alguna forma redundante. 
Pero esos días pasaron: las palabras son más importantes que nunca; navegamos el mundo con palabras y a medida que el mundo se va trasladando a la Web, tenemos que seguir leyendo, comunicar y comprender lo que estamos leyendo. 
Las personas que no se entienden entre sí son incapaces de intercambiar ideas, no pueden comunicarse. Y los programas de traducción no llegan a tanto.

La forma más sencilla de asegurarnos de que criamos a niños competentes desde el punto de vista lector es enseñarles a leer y enseñarles que la lectura es una actividad placentera. Y esto quiere decir, en su fórmula más elemental:

Encontrar libros que los niños disfruten, darles acceso a estos libros y dejar que los lean.
No creo que exista tal cosa como un mal libro para niños. 
De vez en cuando aparecen modas entre los adultos, en las que se señala algún grupo de libros infantiles, un género quizás, o un autor, que se declaran libros malos, libros que los niños no deben leer. 

Lo he visto una y otra vez; Enid Blyton fue declarada mala autora; también Robert Lawrence Stine fue declarado malo (escritor de novelas de terror, autor de la colección y serie televisiva Goosebumps o Escalofríos o mas conocida ¿Le temes a la oscuridad? por estas tierras latinoamericanas, la mayoría de sus libros tienen como protagonista a un niño o adolescente). 
Hasta se ha llegado a decir que los comics fomentan la “analfabetización”.

Esto es una burrada. Es esnobismo y tontería. 
Ningún autor que guste a los niños y que los niños busquen es malo, porque cada niño es diferente. 

Una idea trillada y gastada no está trillada ni gastada para ellos. Es la primera vez que el niño se la encuentra. Por eso no desanimemos a nuestros niños de la lectura porque sintamos que están leyendo “lo equivocado”. 
La ficción que no nos gusta es una ruta a otros libros que podamos preferir. Y no todo el mundo tiene el mismo gusto que uno mismo.

Un adulto bien intencionado puede destruir el amor por la lectura de un niño con mucha facilidad:

No permitiéndoles leer lo que disfrutan; intentando darles libros “respetables” pero aburridos; el equivalente del siglo XXI a la “edificante” literatura victoriana como el Mio Sid, El mormón, entre tantos otros.

Acabaremos con una generación convencida de que leer no es muy chévere, y peor aún, de que leer resulta desagradable.

  • La segunda cosa que hace el cuento, el micro relato, la ficción es desarrollar la empatía. Cuando ves la tele o una película, ves cosas que les ocurren a las personas. 
La ficción en prosa es algo que se construye a partir de las letras del alfabeto y un puñado de signos de puntuación y nosotros, y sólo nosotros, usando nuestra imaginación, creamos un mundo, lo poblamos y vemos las cosas a través de otros ojos. 
Es esa oportunidad para sentir cosas, visitar lugares y mundos que de otra forma puede que jamás conoceríamos.

Aprendemos que todas las demás personas que hay por ahí afuera también son un “yo”. 

Somos otra persona y cuando volvemos a nuestro propio mundo, estamos un poco cambiados.

La empatía es una herramienta para formar grupos a partir de personas, para permitirnos funcionar como algo más que individuos obsesionados con nosotros mismos, es decir dejar de lado los Narcisismos, que tanto mal le han hecho a nuestro mundo.

Cuando leemos, también descubrimos otra cosa que es de vital importancia para navegar por el mundo.

Y es esto:

-EL MUNDO NO TIENE POR QUÉ SER ASÍ. LAS COSAS PUEDEN SER DISTINTAS.

En 2007, Neil Gaiman, asistió a la primera convención de ciencia ficción y fantasía aprobada por el Partido Popular en la historia de China. 

Él cuenta que en un momento, consiguió apartar a un alto oficial Nacionalista y logró preguntarle, la razón de esa desaprobación por la ciencia ficción durante tanto tiempo. 

¿Por qué le están dando luz verde? 
¿Qué había cambiado ahora?

“Es sencillo, dijo.

Los chinos eran brillantes fabricando cosas si otras personas les traían los planos.         Pero no innovaban y no inventaban. No imaginaban."
 Así que enviaron una delegación a Estados Unidos, a Apple, a Microsoft, a Google, e hicieron muchas preguntas a las personas que estaban allí inventando el futuro. Eran preguntas sobre ellos mismos y sus vidas. Y descubrieron que todos ellos habían leído mucha ciencia ficción en su infancia y adolescencia.

Los cuentos, la ficción, pueden mostrarnos un mundo diferente. Puede llevarnos a un sitio a donde nunca hemos ido. 
Una vez que hemos visitado otros mundos, como aquellos que han degustado las frutas de las hadas, nunca podemos estar del todo satisfechos con el mundo en el que crecimos.

Y el descontento es bueno: 
Las personas descontentas pueden modificar y mejorar sus mundos, dejarlos mejor, dejarlos distintos.
Ya que toco el tema, me gustaría decir un par de cosas sobre el escapismo. (Tendencia a huir de la realidad para no afrontar los problemas). 
Es frecuente oír el término como si se tratara de algo malo. Como si la literatura “escapista” fuera un opiáceo agonista parcial barato al que recurren los confundidos, los tontos y los engañados, y que la única ficción que lo vale, tanto para adultos como para niños, es la ficción mimética, un espejo de lo peor del mundo en que se encuentra el lector.

Si estuviéramos atrapados en una situación imposible, con personas que nos quisieran hacer daño, y alguien nos ofreciera un escape temporal por lo menos, ¿acaso no aceptaríamos su oferta?.

Y la ficción escapista es justamente eso; ficción que abre una puerta, muestra la luz del sol del exterior, nos da un lugar al que ir en el que nosotros tenemos el control, estamos con personas con las que queremos estar (y no solo en los libros son lugares muy reales, no lo dudes por un solo momento); y, lo que es más importante, durante ese escape, los libros también pueden darnos conocimientos acerca del mundo y de nuestra problemática, darnos herramientas, darnos armadura: cosas reales que podemos llevarnos con nosotros de vuelta a nuestra prisión a nuestra realidad.
Destrezas, conocimientos y herramientas que podemos utilizar para escapar de verdad.

Como nos recordó J.R.R. Tolkien, “Las únicas personas que vituperan la escapada son encarceladores” (Quien haya leído: El Hobbit o El señor de los anillos sabrá de quien les hablo)

Continuando.. Otra forma de destruir el amor de un niño por la lectura, claro está, es asegurarse de que no haya ningún libro, de ningún tipo, en ninguna parte, y no darles ningún sitio para leer esos libros. 
Yo no tuve tanta suerte. Tenía el tipo de padre al que por castigo a mi desconocimiento me mandaba a leer durante las vacaciones o al finalizar el año lectivo en la escuela. Y era horrible porque muchas veces ya terminaba los libros de mi casa y me trasladaba a la Biblioteca infantil, que era un sitio lleno de viejitos poco amables, enojones y demás.

Lo que hubiera deseado es tener el tipo de personal bibliotecario al que no importa que un niño pequeño, sin acompañantes, visitara la biblioteca infantil o LUDOTECA acá en la cuidad de los quindes y la virgen alada, todas o casi las tardes y que rebuscara en el catálogo para encontrar libros de fantasmas, magia, cohetes, o gente buscando vampiros, y detectives o brujas en mundos encantados. Y que cuando acabé con la sección infantil, empiecé con los libros para los grandes, los "adultos".

Pero de a poco me toco optar por fingir con esos viejos bibliotecarios. Que nos les gustaban los libros y no les gustaba que se leyeran los libros. Con el tiempo me autoeduqué cómo pedir libros de otras bibliotecas mediante préstamos interbibliotecarios. Y que jamás regresaron.

Pero en fin yo pienso y siento que las bibliotecas son sobre todo centros de libertad. Libertad para leer, libertad de ideas, libertad de comunicación.

Son centros de educación (que no es un proceso que acabe el día en que salimos del colegio o de la universidad), de entretenimiento, de espacios seguros y de acceso a información.

Me preocupa que aquí en nuestro país en pleno siglo XXI, la gente no entienda bien qué son las bibliotecas y para qué sirven. 
Si percibimos una biblioteca como una estantería de libros, parece que pueda ser un concepto anticuado o desfasado en un mundo en el que la mayoría, pero no todos, los libros en papel existen también en formato digital. Pero eso es no entender nada.

Creo que tiene que ver más con la naturaleza de la información. 
La información tiene valor y la información correcta tiene un valor enorme. 
Mis colegas Médicos me darán la razón. 

Durante toda la historia de la humanidad, hemos vivido en un tiempo de escasez de información y tener la información que se precisaba era siempre importante y valioso: 
Por ejemplo, cuándo sembrar, dónde encontrar cosas, descifrar mapas, historias y entender cuentos. La información era algo valioso y los que la tenían o podían obtenerla podían hacer maravillas con ella.

En los últimos años, hemos pasado de una economía escasa en información a una impulsada por un exceso de información. 

Según Eric Schmidt de Google, cada dos días la raza humana crea tanta información, como se había creado desde el inicio de la civilización humana hasta el año 2003. Estamos hablando de cinco exobytes de datos al día, para aquellos a los que les guste contar.

El reto al que nos enfrentamos ahora no es encontrar esa planta escasa que crece en el desierto, sino encontrar una planta específica que crece en una selva. Vamos a necesitar ayuda para navegar por esa información, para encontrar lo que realmente necesitamos.

Las bibliotecas son lugares a las que las personas acuden para encontrar esa información. 
Los libros son sólo la punta del iceberg de la información; allí están y las bibliotecas pueden darnos libros de forma gratuita. 
Ahora me enorgullece saber que más niños que nunca están sacando libros de bibliotecas en nuestro país. 
Libros de todo tipo; en papel, en digital y en audio. Porque las bibliotecas también son, por ejemplo, lugares a los que personas que NO tienen acceso a un computador, que quizás no tengan conexión a Internet, pueden ir para conectarse de forma gratuita. Esto es fundamental cuando el modo en que buscamos empleo, enviamos solicitudes de empleo o solicitamos ayudas sociales depende cada vez más de tener acceso a Internet. 
Los putos bibliotecarios podrían ayudar a las personas a navegar ese mundo.

Dicho esto nace otra idea. No creo que todos los libros vayan a pasar a la pantalla digital de un iPad o Tablet ni que deban hacerlo: como comentó hace varias lunas atrás un hombre de ciencia, que gracias a la vida es mi maestro, Byron Nuñez: 
"Los libros son gustosos al tacto, estan hechos para nuestra vista, son duros, difíciles de destruir, resistentes al agua, al vapor"
Así como también lo hizo una vez Douglas Adams, más de 20 años antes de que apareciera el iPad y las tablets: 
"Un libro físico es como un tiburón. Los tiburones son antiguos: tan antiguos que había tiburones en el océano antes de que llegaran los dinosaurios. Y la razón por la que siguen habiendo tiburones es que los tiburones hacen mejor de tiburón que ningún otro animal y son necesarios."
De igual manera los libros, se les da bien ser libros; y siempre habrá un lugar para ellos. 
Las bibliotecas son su hogar, al igual que las bibliotecas ya se han convertido en hogares a los que se accede a libros electrónicos y contenido web, audiolibros, DVDs .

Una biblioteca es un lugar donde se archiva información destacada y da a todos los ciudadanos acceso igualitario al mismo porque es un espacio comunitario. Esto incluye información desde Matemáticas hasta Salud. 
Es un lugar seguro, un refugio del mundo exterior. 

Lo que estoy imaginando ahora es cómo serán las bibliotecas del futuro.

El hábito lector es más importante que nunca, en este mundo de mensajes de texto y correos electrónicos, un mundo de información escrita. 
Necesitamos leer, necesitamos ciudadanos globales que estén cómodos leyendo, que comprendan lo que leen, que comprendan los matices y que se hagan comprender.

Las bibliotecas realmente son las puertas al futuro. Por eso no deja de ser desafortunado ver que en todo el mundo las autoridades locales aprovechan la mínima oportunidad para cerrar bibliotecas como una forma fácil de ahorrar dinero, sin darse cuenta de que están robando al futuro para pagar por el día de hoy, se están cerrando unas puertas que deben permanecer abiertas.

Según un estudio reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, “el grupo con mayoría de edad tiene mayor competencia lectora y numérica que el grupo de menor edad, después de tener en cuenta otros factores como género, entorno socio-económico y tipo de ocupación".

Para expresarlo de otro modo, nuestros niños, sus hijos, sus hermanos, sus sobrinos y sus nietos tienen menor competencia lectora y numérica que nosotros. 
Son menos capaces de navegar el mundo, de comprenderlo para resolver problemas. Se les puede mentir y engañar con mayor facilidad, serán menos capaces de cambiar el mundo en el que se encuentran y serán menos empleables, con todo lo que la desocupación conlleva.

Los libros son la forma en que nos comunicamos con los muertos. El modo en que aprendemos lecciones de aquellos que ya no están con nosotros, el modo en que la humanidad se ha desarrollado, ha progresado, y ha hecho que el conocimiento sea algo incremental en lugar de algo que debamos reaprender una y otra vez. 
Hay cuentos que son más antiguos que la mayoría de los países juntos, cuentos que han perdurado más que las culturas y los edificios en los que se contaron por primera vez.

Para finalizar estoy seguro de que tenemos responsabilidades con respecto al futuro. 
Responsabilidades y obligaciones hacia los niños y hacia los adultos en los que se convertirán algún día esos niños, hacia el mundo que habitarán. 

Todos nosotros – como ciudadanos, como lectores, como estudiantes  – tenemos obligaciones. 

Voy a tratar de enumerar algunas obligaciones de las que pienso son irrevocables aquí.

Creo que tenemos la obligación de leer por placer, en espacios privados y públicos. Si leemos por placer, si otros nos ven leyendo, aprendemos, ejercitamos nuestra imaginación. Mostramos a otros que leer es bueno.

Tenemos la obligación de apoyar a las bibliotecas. 
De usar las bibliotecas, de animar a otros a que usen las bibliotecas, de protestar por el cierre de bibliotecas. 
Si no valoramos las bibliotecas, no valoramos la información, ni la cultura, ni la sabiduría; simplemente silenciamos las voces del pasado y perjudicamos el futuro.

Tenemos la obligación de leer en voz alta a nuestros hijos, sobrinos y nietos. 
Leerles cosas que disfruten. De cambiar las voces, hacer caras chistosas para hacer los relatos interesantes y de no dejar de leerles simplemente porque hayan aprendido a leer por sí mismos. 
De usar los momentos de lectura en voz alta como momentos para estrechar nuestra relación, como momentos cuando no estamos pendientes del celular, cuando las distracciones del mundo se apartan.

Tenemos la obligación de usar el lenguaje. 
De ir más allá: de descubrir qué significan las palabras y cómo usarlas, de comunicarnos con claridad, de expresar justo lo que queremos decir. No debemos tratar de congelar el lenguaje, pretender que sea una cosa muerta a la que reverenciar, sino que debemos usarlo como algo vivo, que fluye, que toma prestadas palabras, que permite que los significados y las pronunciaciones cambien con el paso del tiempo.

Los escritores – especialmente los escritores para niños - tienen una obligación hacia sus lectores; es la obligación de escribir cosas verdaderas, lo cual es especialmente importante cuando crean historias de personas que no existen en lugares que nunca fueron. Deben comprender que la verdad no es lo que ocurre, sino lo que nos dice acerca de quiénes somos. 

La ficción es la mentira que cuenta la verdad, al fin y al cabo.

Una de las mejores curas para el lector reacio, a fin de cuentas, es un cuento que no pueda dejar de leer. A pesar de que debemos contar a nuestros lectores cosas verdaderas, darles armas y armadura y transmitirles la sabiduría que hayamos ido recopilando en nuestra corta estancia sobre este mundo verde, tenemos la obligación de NO predicar, de NO sermonear, de No introducir a la fuerza a nuestros lectores moralejas y mensajes predigeridos, como cuando los pajaritos adultos alimentan a sus pajarillos con gusanos premasticados.
Y tenemos la obligación de nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, escribir nada para niños que no quisiéramos leer ni nosotros mismos.

Todos nosotros – adultos y niños, lectores y escritores - tenemos la obligación de soñar despiertos.
Tenemos la obligación de imaginar. 
Es fácil hacer como si nadie pudiera cambiar nada, como si estuviéramos en un mundo en el que la sociedad es tan enorme que el individuo es menos que nada: como un átomo en una pared; o un grano de arroz en un arrozal. Hemos pasado de festejar lo macro a que señoree lo micro.
Pero lo cierto es que los individuos cambian su mundo una y otra vez, los individuos hacen el futuro y lo hacen imaginando que las cosas pueden ser distintas.

Si no me crees mira a tu alrededor. Párate por un momento a mirar la habitación en la que te encuentras. Voy a señalar algo tan evidente que suele olvidarse.

Todo lo que ves, incluidas las paredes, fue, en algún momento, imaginado. Alguien decidió que era más fácil sentarse en una silla que en el suelo e imagino la silla. Alguien tuvo que imaginar la manera de que yo pueda hablar con ustedes ahorita sin que nos llueva encima a todos y creo el Internet. Esta habitación, y las cosas en ella, y todas las demás cosas en esta casa, este departamento, este edificio, esta ciudad, existen porque, una y otra vez, algunas personas imaginaron cosas.

Tenemos la obligación de hacer que las cosas sean bellas. 
De no dejar el mundo más feo de lo que nos lo encontramos, de no vaciar los océanos, de no dejar nuestros problemas para la siguiente generación.

Tenemos la obligación de recoger nuestra basura y nuestro desorden, y de no dejar a nuestros hijos un mundo echado a perder, timado y mutilado.

Tenemos la obligación de decir a esos putisimos políticos lo que queremos, de votar en contra de políticos de cualquier partido que no entiendan el valor de la lectura en la formación de ciudadanos que valen la pena, que no quieran actuar para preservar y proteger el conocimiento y fomentar la lectura. No es cuestión de política de partido. 

¡Es cuestión de humanidad común!
A Albert Einstein se le preguntó una vez cómo podíamos hacer más inteligentes a nuestros hijos. Su respuesta fue al mismo tiempo sencilla y sabia. 

“Si quieren que sus hijos sean inteligentes”, dijo, “léanles cuentos de hadas. Si quieren que sean más inteligentes, léanles más cuentos de hadas."
El si comprendía el valor de los cuentos, de la lectura y de la imaginación.

Espero que podamos dar a nuestros niños y niñas un mundo en el que lean, en el que se les lea, en el que imaginen y en el que comprendan.

¡BIENVENIDOS A LOS QUE DESSEN DESPERTAR!